

Para Ángel, generoso donante musical, en el día de su cumpleaños.
Recibí hace un par de semanas dos grandes bolsas de plástico llenas casi hasta el límite de su capacidad; contenían la valiosa donación que me hacía un alma generosa: 143 CDs musicales, algunos de ellos dobles. Tras la aplicación de urgencia de mis rudimentarias nociones sobre la tectónica de placas (heredadas de aquellos lejanos cursos de ciencia que tan escasa gracia me hacían), evité la sacudida sísmica en mi complejo y siempre inestable sistema de almacenaje. De este modo, reubiqué DVDs de películas para poner en su sitio lo libros que, a su vez, habían cedido generosamente su espacio a los CDs donados. Afortunadamente, a día de hoy todo sigue en pie. Mientras sacaba los discos de las bolsas, los miraba y los clasificaba mínimamente antes de ubicarlos en la estantería, rápidamente decidí qué canción de qué disco sería la primera que escuchase: “Los managers”, tema inicial del mítico disco de Pata Negra del año 1981, trabajo homónimo del propio grupo. Las razones que me llevaron a dicha elección son las que siguen a continuación. “Casa tomada” es uno de los cuentos más famosos de Julio Cortázar; probablemente, sean muy numerosas las personas que, sin llegar a ser empedernidos y avezados lectores del argentino, lo hayan leído. El mero nombre del relato contiene tales dosis de magia y de misterio que puede ciertamente generar amplias y heterogéneas expectativas en la mente del lector antes de iniciar la propia lectura del mismo. Tal es así, que incluso después de leído, el cuento modelado por la fértil imaginación de Cortázar ha provocado y sigue provocando las más diversas interpretaciones entre críticos y lectores: desde un simbólico alegato contra el régimen de Perón que asfixiaba Argentina hasta una historia de lo fantástico y lo sobrenatural que lo cotidiano puede llegar a encerrar en su interior. En el relato, dos hermanos solteros viven en un régimen cuasi monacal en la antigua casa colonial que siempre perteneció a la familia, a cuyo celoso cuidado han dedicado toda su vida. Pero un buen día un acontecimiento inesperado vendrá a alterar y quebrar para siempre la paz de su plácida existencia. Una presencia extraña, unos intrusos desconocidos, de naturaleza no definida irrumpen en la casa. Poco a poco, los hermanos irán replegando filas hasta los últimos confines de la amplia mansión, a medida que los misteriosos invasores van tomando una estancia de la casa tras otra. Tomada la casa en su totalidad, los dos hermanos se ven abocados al abandono definitivo de la misma. Cuando yo transitaba desde mi última infancia hasta la primera adolescencia, allá por el año 1981, presencié también en el pequeño bloque de pisos de Huelva donde vivía la toma de una casa, a la cortazariana manera, es decir, mediante la irrupción de un elemento externo, no necesariamente fantástico o sobrenatural, que distorsiona y rompe para siempre el orden establecido por la fuerza de lo cotidiano. En la primera planta de mi bloque vivían unos padres con cuatro hijos, unidad familiar todavía no infrecuente en la España de aquel entonces. La vida transcurría con normalidad hasta que uno de los hijos empezó a frecuentar la compañía de otros jóvenes con los que compartía gustos musicales y no tan musicales. El hijo empezó a “meter en casa” a sus amigos, cada uno de su madre y de su padre: uno con una camiseta sin mangas con la faz de Bruce Lee en el torso, otro con un gorro de lana con los colores de la bandera de Jamaica, un tercero que, para ir a juego con el segundo, traía bajo el brazo varios LPs de Bob Marley, entrelazados con alguno de Triana; eran los tiempos de aquello que, lo confieso y me imagino que será por propia incapacidad, ni entendía entonces ni entiendo ahora, el “rock andaluz”. En un primer momento, las reuniones músico-festivas del vástago y sus colegas se circunscribían a los límites de la habitación de éste, eso sí, con el tocadiscos a todo tren. Los padres y hermanos, aunque no veían dichas prácticas con buenos ojos, aprendieron, no obstante, a convivir con ellas. Asfixiados (literal y metafóricamente) entre las paredes del dormitorio, el (mal) hijo y sus secuaces procedieron, de manera sorpresiva, a la toma del salón familiar. El resto de la familia se recluyó entonces en una pequeña salita de estar (estrujados). Las ancestrales voces mestizas de Marley relatando cómo le había disparado al sheriff (“I Shot The Sheriff”) y los quejíos profundos y existenciales de los rockeros andaluces de Triana (“Hijos del agobio”) se entrecruzaban ruidosa y anárquicamente con las voces de los invasores domésticos, con los vidrios ámbar que contenían la abundante y helada cerveza y con los chispazos de los mecheros de yesca que encendían eso que el insigne cómico sevillano Paco Gandía definía en sus “historias verídicas” como “cigarrillos morunos”. De mis palabras habrá deducido el lector que también la cocina de la casa, en especial la nevera (lo que posteriormente se convirtió en frigorífico cuando todos nos hicimos más finos), había sido conquistada por las huestes enemigas a las que el ínclito hijo había abierto traidoramente la compuerta del Caballo de Troya. Cuando la situación se hizo del todo insostenible, los padres, que tenían otra vivienda en la ciudad, cogieron a sus otros tres hijos, sus bártulos y abandonaron el piso, haciendo entrega de las llaves del mismo al díscolo y musical hijo me imagino que con un lacónico: “Aquí te quedas, toda la casa para ti”. Idos ya padres y hermanos, el hijo triunfante y sus tropas tomaron el último bastión de la casa, cuando los rigores del verano apretaban ya de lo lindo: el balcón. Ahí los recuerdo a todos ellos ahora, 30 años después, como si los estuviera viendo, mientras jugaba a la pelota con mis amigos del barrio (en la calle, por entonces, se jugaba a la pelota, no al fútbol): eufóricos, saltando, “privando” de lo lindo (término muy de la época) y aromatizando al vecindario con el humo del tabaco preñado de aromas de la cordillera del Atlas marroquí; por supuesto, la música sonando “a toda leche” y ellos cantando a coro con los hermanos Amador y sus guitarras callejeras, mezcladas con festivos sonidos a medio camino entre orquestina oriental y zíngaro espectáculo ambulante de la cabra: “Teníamoh unoh manaye qu’eran de Güerba, y uno medio carbo y elotro con coleta, y er Nono desía, ¿qué eh lo que pasa, qué eh lo que pasa?”. Me imagino que mientras la casa onubense era tomada, padres y hermanos del interfecto se preguntarían para sus adentros a cada instante: “¿qué es lo que pasa, qué es lo que pasa?”.
Pata Negra: Camarón / Los managers (En directo en el Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista de Madrid, 1988)
Bob Marley and The Wailers: I Shot The Sheriff (Versión en directo)
Triana: Hijos del agobio